domingo, 29 de diciembre de 2013

Anne McLean,
la traductora de los mil amantes en español

9.12.13
 
Anne McLean confiesa que tiene demasiados amantes. Sólo que no se trata de personas.
 

McLean es actualmente una de las traductoras al inglés más conocidas de la literatura en español y, como tal, ella no sólo termina queriendo a muchos de sus libros -obsesionada con sus historias y sus personajes- sino que se encarga de convertirlos de la manera más fiel posible a otra lengua muy diferente.
 
En el caso de ella, en particular, sí que no se cumple el adagio de que el amor es el idioma universal.
 
Ganadora dos veces del Premio de Ficción Extranjera en Reino Unido del diario The Independent -que reconoce tanto al autor como al traductor- McLean viajó recientemente a Washington para participar en un evento de la Biblioteca del Congreso y allá, donde se guardan algunos de sus amores, conversó con BBC Mundo.


"My absolute dios"

Así como reconoce que se ha enamorado varias veces, también explica, otra vez entre risas, que tiene un favorito indiscutido: las obras del escritor argentino Julio Cortázar.

"He is my absolute dios", dice en una mezcla de español e inglés que le resulta muy cómoda a esta mujer nacida en Hamilton, Ontario.
 
Gracias a ese dios absoluto, entre otras cosas, McLean se volvió traductora: fascinada por los juegos del lenguaje que emplea el argentino y por las diferencias que empezó a notar cuando lo leía en diferentes idiomas, decidió que lo suyo era eso: quería dedicarse a traducir amores.
 
Con el paso del tiempo, no sólo se encargó de algunas historias de ese argentino que la obsesiona -así lo admite- sino que también ha adaptado las obras de escritores como los españoles Javier Cercas y Enrique Vila-Matas o los colombianos Evelio Rosero, Héctor Abad Faciolince y Juan Gabriel Vásquez.

Minuciosa

Estos últimos dos, en diálogo con BBC Mundo, dan fe de su carácter y de cómo el amor la ha llevado a extremos inusuales para el oficio de un traductor.
 
Vásquez, por ejemplo, cuenta que recorrió con McLean los billares del centro de Bogotá donde transcurren algunas escenas de su libro "El ruido de las cosas al caer", que ella tradujo hace poco. Y agrega que leyó unas mil páginas sobre el Canal de Panamá para traducir otro de sus libros, "Historia secreta de Costaguana".
 
En la misma línea, Abad Faciolince explica que la ha visto trabajar "con una paciencia y una minuciosidad obsesiva, tratando de captar los matices secretos de nuestra lengua, que funciona de un modo tan distinto al inglés".
 
 
McLean, por supuesto, no es la única traductora que se destaca en el medio de las letras en español. Más bien se suma a la lista de especialistas que han sido reconocidos por ayudar a abrirles un campo a los escritores de la región en el mundo anglosajón (ver recuadro).

A convencer a las editoriales

Es un trabajo difícil, que no tiene un mercado asegurado: la revista británica The Economist recordó el año pasado que sólo 3% de los libros publicados anualmente en Estados Unidos y Reino Unido se traduce de otra lengua. Y de ese porcentaje, la ficción es menos de 1%.

Quizá por eso Anne McLean no sólo se encargue de traducir. Cuando un libro la enamora, cuando escucha a los personajes en su cabeza y dialoga con ellos, cuando en su labor solitaria siente sosiego en las historias ajenas, entonces también decide salir en busca de una editorial.
 
Eso, por ejemplo, ocurrió con Abad Faciolince y su texto catártico sobre la muerte violenta de su padre, "El olvido que seremos".
 
El mismo autor reconoce que "si no fuera por su insistencia, mi Oblivion -como se llama la traducción- no se habría publicado nunca en inglés".
 
Ahora, claro, el libro traducido está en muchas estanterías y McLean puede alegrarse por ese pequeño triunfo que logró con su traducción silenciosa.
 
Ya lo dice Héctor Abad: "Es un oficio tan hermoso y tan discreto el de traductor, que cuando mejor funciona es, precisamente, cuando menos se nota su mano".

¿Cómo se traduce 'desamor'?

A McLean no le gusta hablar en público ni estar bajo el foco que persigue a muchos escritores y, más bien, se siente cómoda en su casa en Toronto, donde puede dedicarse a sus anchas a jugar con el lenguaje.

 
Como parte de ese juego, explica que es difícil traducir las diferencias regionales del español, que en muchos casos, su trabajo es intuitivo y las respuestas le llegan de las maneras más extrañas: puede encontrar una palabra en medio de un concierto o despertarse a medianoche con la mejor traducción para una frase.
 
Por eso guarda un cuaderno al lado de su cama.
 
"Uno de los aspectos más importantes sobre mi labor de traductora es la humildad para reconocer que no sé algo o no puedo decirlo del mismo modo en otro idioma", explica.
 
Y ofrece un ejemplo: "No hay una palabra en inglés para traducir el desamor. No. No la hay".
 
Quizá no existe. O quizá, más bien, la desconoce porque no forma parte de la naturaleza de su trabajo: Anne McLean sigue enamorada.
 
 
 
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